lunes, 18 de julio de 2011

Hoy voy a contarte una historia de fantasmas. 
Hay tantas clases de fantasmas como de personas que los ven. Muchos de los fantasmas son espíritus sin paz, personas que ya no están que vuelven porque tienen un asunto pendiente, una tarea que resolver. Esas son mi clase de fantasmas preferidos. Pero mi fantasma no se fue, o si, pero no está muerto. Que volvió, volvió. Si es definitivo o no… eso nunca lo supe.
Él y yo teníamos un asunto pendiente, un problema que resolver y ahí estábamos, intentando enmendar el daño que nos hicimos. 
Fue un 13 de julio. Fui a la casa de Caro a saludarla por su cumpleaños. No habíamos vuelto a hablarnos y pensé que no íbamos a hacerlo, por lo menos no por el resto de los días. 
Estaban todas las chicas y por primera vez me sentí a gusto a su alrededor. Disfrute su compañía y el cumpleaños como no disfrutaba hacia mucho. De repente empecé a verlas como mis pares y no como a personas distintas que no me entendían. Nos reíamos de lo mismo, hablábamos de lo mismo, quizás también sufríamos por lo mismo. Y me ayudaron. Me ayudaron a resolver mi asunto pendiente con mi fantasma. La que más me ayudo fue Mariana (muchos años después volvimos a nuestras diferencias pero eso no importa ahora, jamás me voy a olvidar de ese día). Salimos a caminar, dimos vueltas por la plaza y ahí estaban los chicos. Por supuesto que no me querían tanto como antes porque le había hecho a Mauricio algo que no se hace y él estaba antes que yo, y yo lo entendía perfectamente, pero de todas formas ellos también colaboraron. Fueron a buscarlo a la casa, tardo lo suficiente como para que mi corazón intentara salir disparado y en el momento en que casi me rindo y doy media vuelta lo escucho. Esa escena de novela que se repetía solo con él me fascinaba, escucharlo por detrás, el corazón descontrolado, las miradas profundas, la sensación de ser débil ante su presencia. Así estaba: débil. Y él lo sabía, no había nada de mí que él no supiera. 
Después de saludarnos formalmente nos sentamos en la puerta del colegio. Las heridas estaban cicatrizadas y se notaba, de otra forma no hubiéramos podido mirarnos a los ojos. Se escucharon disculpas, explicaciones, excusas y confesiones. Le pedí perdón por haberlo delatado sin derecho, me pidió perdón por haberme lastimado sin necesidad. Nunca explica las razones de su forma de actuar y llega un punto en que me rindo y no tengo ni necesidad de saberlo, aunque supongo que cuando repaso la historia una y otra vez entiendo mucho más su forma de ser para conmigo. También me dijo que su historia con Keila había sido un error. Yo era la menos indicada para escuchar esas cosas, en todo caso la única persona a la que tenía que decírselo era a su amada novia, pero en el fondo me divertía, y no te lo voy a negar, también me hacía sentir importante. Pero lo más importante de la conversación no fue eso, las disculpas y las excusas, las explicaciones y los perdones no eran tan importantes como las cosas hermosas que escuche después. 
Ya se me había ido el miedo y la persona que tenia adelante ya no era un desconocido sino Mauricio. Mi Mauricio. El mismo que amaba con toda mi alma. Él también estaba distendido, ahora sonreía más y no me miraba con tanto odio. Yo sabía que Mauricio me quería (incluso sé que me quiere… que quizás me va a querer siempre como yo lo voy a querer a él) y lo dijo, una y otra vez lo dijo y no solo eso: “Sos mi debilidad”. Creo el corazón se descontrolo durante muchos años cuando me repetía a mi misma esa frase. Su debilidad. En ese momento no me pareció malo, nada de lo que salía de su boca podía parecerme malo, sobretodo porque él también lo era, mi debilidad. Cuando estaba a su lado el mundo parecía detenerse de inmediato. Nada me dolía, excepto él. 
Mi fantasma había vuelto. No podía echarle la culpa por eso, había sido yo la que le permitió dicho regreso. Ahí estábamos otra vez. Sus actitudes y su historia no cambio. Mi amor y mi debilidad mucho menos, de hecho estoy segura de que esa noche todo se elevo a la máxima potencia. 

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