miércoles, 24 de agosto de 2011


Creo que todos llevamos fantasmas dentro 
y que es preferible que hablen 
a  que no lo hagan.






Habíamos salido juntos como tantas otras veces pero esta vez teníamos una certeza, nos habíamos encontrado para hacer el amor. No voy a negarlo, me moría de ganas de que eso suceda. Me imaginaba todos los días que el encuentro con mi profe tendría que ser distinto y además de eso que curaría todas mis heridas definitivas. Confiaba en él, no del todo, pero sabía que en ese aspecto iba a estar en las mejores manos. Juan me cuidaba y me trataba como pocos en mi vida, ese motivo era mas que suficiente. Sabía que él era distinto. Estaba ansiosa y era feliz. Pero me había olvidado un pequeñísimo detalle.  
Número 9. El lugar ya era molesto. Espejos, rojo. Incomodidad. Ok, no eran ni los espejos, ni la gama de colores, ni siquiera la compañía, era algo dentro mio que chillaba desesperadamente. Pero el dolor estaba normal, todavía seguía siendo soportable, tenía que ser otra cosa. 
El miedo, la ansiedad y las ganas estaban sobre la cama. 
La desconfianza, la prisa, la pasión vinieron con nosotros. 
Ahí estaba él. Con él estaba yo. Pero también estaba Mauricio, mejor dicho, el fantasma de Mauricio. Me detuve a mirarme en el espejo durante unos minutos y entendí todo. Fue como si toda mi vida pasara delante de mis ojos y nada de lo que veía me divertía demasiado. De pronto me sentí mucho mas vacía que antes y ahí estaba la puntada en el pecho. Bienvenida sea siempre esa herida de amor. 
Una noche de amor frustrado. Él no tenía por qué aguantar mis angustias y mis tormentos. No se lo merecía, no era la clase de persona que tenía que pagar por ello. Estaba cometiendo otra vez el mismo error... Mauro se apareció en mi mente... a él también lo había condenado por un crimen que no había cometido. El dolor de mi pecho aumentó. Estaba perdiendo el control de mí misma y sin embargo si me mirabas de afuera parecía la mujer mas calma y tranquila de la tierra. No somaticé. Simplemente me aguante el dolor mientras las imágenes y los pensamientos atravesaban mi cerebro. 
Después no pasó nada. Yo no sentía nada. Solo dolor y vacío. Pero no se lo dije. Con 16 años es más fácil que piense que tenía terror y no pude a que se diera cuenta que estaba herida en lo mas profundo y ni siquiera él y su ternura podía sacarme del infierno que yo misma había ayudado a construir. 

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