domingo, 11 de septiembre de 2011

Manos frías.


Se sintió aliviada por haberlo conocido, por haberlo querido 
y porque la última cosa que vio Facundo en este mundo fue su rostro sonriendole, 
alentandolo y asegurandole que hacia bien en dejarse llevar.




No fue la mejor manera. Eran aproximadamente las diez de la noche. Mi teléfono celular empezó a sonar desesperadamente y cuando atiendo Julián me estaba diciendo del otro lado que en quince minutos pasaban por mí. Mientras me cambiaba y esperaba en mi cabeza anidaban miles de pensamientos, me enojé por el destino porque tenia la certeza de que estabas internado otra vez, de que habías dejado otra vez las pastillas y de que estabas tan encaprichado que tenia que ir a bajarte de la nube de pedos donde vivías. También creía que te habían detenido nuevamente, que tal vez estabas preso. Vos y tu manera de encarar a las personas, tu necesidad de alejarte del mundo solo para rodearte de problemas. Tenías 19 años. Habías empezado una carrera sin mucha gana. Todos sabíamos que no querías un futuro... Tu papá había fallecido unos días antes, tu mamá, en cambio, inició el viaje muchos años atrás. 
Desde que tu mamá partió vos dejaste que se muriera una parte tuya, el alma. Eras un ser sin alma, con miedo y terror de que todos te hieran o no te entiendan. Entonces te alejaste. Te guardaste un puñado de amigos que contabas con las manos para que te cuiden y para cuidar y otro puñado que hubiera sido mejor alejarlos del todo, pero necesitabas destruirte. 
Siempre me decías que tenias una misión y cuando la terminaras te ibas a ir con tu mamá, lo que mas te preocupaba era dejar a tu papá solo, con tu tío no se llevaba muy bien, pero en el fondo se amaban, tenías terror de que tu papá sufra el cambio que sufriste vos cuando sentiste que no había nadie. Como siempre los padres saben todo y hacen lo mejor para lo hijos, Juanse era el vivo ejemplo de eso y antes de llorarte, pensó que lo mejor era que sea al revés. De todas formas mantuvo la esperanza de que te arrepientas, de que llegues a tiempo y salvarte. De hecho siempre me lo pedía. Que te salve. Vos interrumpías la conversación y le decías que yo ya te había salvado. Nunca entendí lo que querías decir. 
Julián sonaba calmo, "en diez, quince, pasamos". No era nada grave entonces, no había que desesperarse, pero igual había algo dentro mío que me decía que no me esperaban buenas noticias. Cuando llegaron mi presentimiento acrecentó y comprendí todo. Juano tenía los ojos rojos, intento hablarme y le pedí que no, necesitaba ese viaje para caer y pensar, mas que nada para tomar fuerzas. 
Estabas ahí, agonizando, tal y como dijiste.
-El día que me muera te necesito fuerte, tenes que ser vos la que me cierre los ojos.- Me repetías eso siempre y yo asentía, no había forma de que te diga que no. Desde el primer momento sabía muy bien que tenía que hacer.
Llegué y te di un beso en la frente, como siempre hacías vos, y con una sonrisa te dije mi frase preferida, la que extraño escuchar con tu voz.
-Hola cachivache.- Charlamos un rato, largo, como si nada estuviera por suceder, como si no hubiera nadie acechándonos. Tus últimas palabras son mías, Facun, prefiero quedármelas conmigo.

Dicen que en el momento de morir toda tu vida pasa por delante de tus ojos. Cuando empece a ver nuestras historias comprendí que una parte de mi estaba muriéndose con vos. Vos hablabas mientras yo lloraba y te recordaba. Quizás fue una negación inconsciente para no quedarme con esa ultima imagen helada. Ahora lo agradezco. En mi mente aparecen nuestros momentos felices, todos, uno atrás de otro, como ese día. Me gusta recordarte así, sonriente, feliz. 
Cuando terminaste de hablar descubrí que tenia tus manos entre las mías, no, no me sorprendió, vivías con mi mano agarrada y yo, de tan acostumbrada que estaba, no me daba cuenta jamas. Había llegado la hora de soltarte. 
Nos miramos por última vez a los ojos durante diez minutos en silencio, llamé a los chicos y te besaron, se despidieron. Entonces te cerré los ojitos y te dije que iba a amarte para siempre. 
- Vos dormi tranquilo.-
- Tu cuerpo va a ser siempre la casa de mi alma.- Asentí e inmediatamente sonreíste. 
 Te amé por siempre. Te sigo amando. Fue un cuatro de mayo cuando dejaste la tierra y te mudaste al cielo, exactamente a las diez y cuarentisiete de la noche. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muñequita, tus palabras son los mejores remedios que probé en mi vida. Tenes la receta justa para hacerme sonreir. Te Amo Gui. Gracias por salvar mi domingo.

Unknown dijo...

Lo lindo es que soy como vos ahora, puedo recordarlo con una sonrisa. Gracias a vos amiga, muchas gracias a vos.