Cuando mi papá nos dejo a mi mamá y a mi yo pasaba todas las tardes con mis abuelos. Técnicamente me crié con ellos. Cuando nos mudamos a su casa ni te cuento. Crecí al lado de ellos dos, mi abuela me hacia las trenzas para ir al colegio, mi abuelo me contaba historias sobre el Martín Fierro y me retaba cuando dejaba el vaso al borde de la mesa. Amaba el chocolate y las masitas, siempre que golpeaba la puerta me decía ‘el vidrio nené!’ (Si, ese era mi apodo), me parece mentira que ahora, cuando el viento cierre la puerta de golpe nadie se esté quejando. A mi abuelo le cortaron las piernas, literalmente, cuando yo tenía casi cuatro años. Antes me llevaba en el auto y yo siempre le pedía eufórica que ‘toque cocina’. Fue como el papá que nunca tuve ¿sabes? Me parece absurda e injusta la idea de estar en una casa donde su presencia física no exista, porque mas allá de lo físico él está presente en cada cimiento, en cada baldosa, en cada pared… los cuadros con sus fotos y los vidrios de las puertas tan bien cuidados. En el jardín, en el árbol de mandarinas muerto, en la mini pileta. Todos sus trofeos, sus cuadros, sus recuerdos. La radio que cantaba todas las mañanas, los programas que miraba, Gardel y sus canciones preferidas.
Todavía no sé muy bien que pensar, ni cómo reaccionar. Lo único que intento en este momento es en congelar mis recuerdos más felices para que jamás puedan ser reemplazados por esa imagen fría, su última imagen, el último beso que le di a su cara helada antes de despedirme para siempre de su presencia física.
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