lunes, 22 de agosto de 2011

14 de Octubre


No soy lo que quieres,
ni soy lo que esperas.



El profe nos dejó a Andi y a mi en Antón. Las noches y los encuentros con él eran hermosos, por mínimos que fueran, pero había algo dentro de mí que no estaba del todo bien. El dolor del pecho había aumentado y sabía quien era la única persona que podía calmarme. Que podía curar mi dolor, sanar mis heridas para luego dejarlas abiertas... pero no me importaba. Me tome varios tequilas antes de dejarme llevar por el dolor. 
Lo llamé (¿Qué sentido tiene eliminar un número que llevas tatuado en el pecho? Exacto Facu, ninguno). Me atendió feliz. Le dije que lo necesitaba. Estaba borracha. Un remis me dejo en la casa. Y cuando abrió la puerta y lo vi tuve la sensación de felicidad mas grande que había sentido jamás. Tenía cara de dormido y yo estaba completamente borracha. Fui al baño y me acomodé un poco, me mojé la cara, no tenía sentido, era un espanto. Espere antes de salir, sabía que no podía arrepentirme de nada porque ya estaba ahí. La última opción que tenía era dormirme y dejar que me llame un remis pero no podía hacer eso, tenía que alimentar el vacío del pecho, después de todo esa fue la razón por la que fui ahí. Si, sabía que estaba a punto de cometer el peor error de mi vida. Desde el principio seguir con esta historia era un error pero era mas fuerte que yo. Mauricio era mas fuerte que yo. 
Estaba en la habitación del hombre que amo, del hombre que quizás voy a amar toda mi vida. Me abrazó muy fuerte y me dijo que me extrañaba. Quise creerle, pero inmediatamente me mire al espejo y ahí vi la imagen de su novia. No literalmente, pero me di cuenta que estaba presente. Por mas que yo me convierta en su amante ella iba a estar siempre y cuando deje de ser ella iba a ser otra y así... iban a ser todas menos yo. Reaccioné y cuando estaba a punto de escapar me sujeto fuerte, mas fuerte. Me volvió a endulzar. 
Cuando estábamos en la cama las cosas fueron mas fáciles. Estaba con él y el dolor se calmaba de manera instantánea. Era la felicidad, o por lo menos eso era lo que yo creía. Que me haya hecho tan feliz con tantas mentiras es lo único que le agradezco y le voy a agradecer toda la vida. Porque a pesar del dolor Mauricio me enseñó a ser fuerte y a luchar por lo que uno quiere a pesar de que sea casi imposible. 
Me decía que no me iba a dejar nunca y yo le creía. Le creía todo. Me decía que siempre íbamos a estar así, que no podía estar sin mi. Yo todo eso lo sabía y lo entendía. Yo tampoco podía estar sin él. Pero teníamos un problema, tampoco podíamos estar juntos. No sabíamos encarar la vida desde ese punto de vista. Nunca entendí muy bien porque. Si por desconfianza o por temor a perder todo. Con intentarlo corríamos un riesgo enorme de equivocarnos y no volver a estar juntos nunca más. Y nosotros no queríamos eso. Queríamos estar así siempre, cueste lo que cueste, de cualquier forma, menos juntos. 


Cuando amaneció se largó a llover. Lo tome como una broma del destino. De alguna u otra forma teníamos que ir y lavar nuestras culpas. Yo no se si tenía que lavar culpas. El profe no era mi novio y podía hacer lo que quería. Pero de todas formas estaba haciendo algo malo, malo para mi. Mauricio no era cualquier chico, tenía novia. Una novia que seguramente dormía tranquila mientras su novio estaba conmigo en la misma cama donde la amaba a ella todos los días. 

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