sábado, 27 de agosto de 2011

Me acuerdo el primer día que me llevaron a un psicólogo. En realidad siempre fueron psicólogas las que estuvieron delante de mi para ser mas exacta. 
La primera fue la que atendía a mi mamá, una mujer rubia con un consultorio iluminado. Me sentí una intrusa ahí adentro, sentía que le estaba robando el espacio a Fabiana. No me acuerdo ni el nombre de la mujer ni de que se trató la sesión. Seguramente hizo preguntas a las que respondí con pocas palabras, no confiaba en ella. Fui solo una vez. 
En la segunda no se si caí por recomendación o casualidad pero era mas perturbadora que la anterior. El lugar era lindisimo. Tenías que subir por una escalera (yo siempre amé las escaleras a pesar de mi miedo a las alturas) y las paredes estaban rodeadas de enredaderas  Adentro era amarillo. Creí que me iba a sentir cómoda hasta que nos presentamos:
-Guillermina.
-Fabiana.
No podía ser posible, la mujer que me iba a psicoanalizar tenía el mismo nombre que mi mamá. 
No era muy cómodo conversar con ella, siempre tenía una opinión equivocada de mis cosas o por lo menos eso creía yo. Hay días que me sentía a gusto, pero eran pocos y lo eran porque contaba tantas cosas que no le daba lugar a que emita palabra alguna. En el medio del tratamiento quedó embarazada, se tomó licencia y me derivó a una tercera. Para ese momento ya estaba cansada de conocer mujeres que porque habían estudiado una carrera y tenían muchos mas años que yo se pensaban que sabían todo de mí y que tenían derecho a opinar en absolutamente todo. 
Me adelante y fui de mal humor a mi primer encuentro con ella. Melina era todo lo contrario a lo que yo me podía imaginar. Era de esas clases de personas en las que sabes que podes confiar a penas la ves. Las primeras veces fueron mas que nada una especie de prueba, jugar con colores, inventar historias, conocernos. Lo cierto es que con ella me sentía muy cómoda. Con el tiempo aprendí a disfrutar cada una de las tardes donde tenemos que vernos e ir, estar ahí, en ese espacio mínimo con ella es tener un refugio real con una persona en la que puedo confiar. 
Con los años fui conociendo gente y personas como vos que dicen que la psicología no ayuda. Si la hubieras conocido a ella tu opinión habría cambiado por completo. 
Fue ella la que me impulsó a escribir sin darse cuenta. En los periodos de vacaciones donde no nos veíamos seguido agarraba un cuaderno y le contaba lo que me iba pasando. Todo, todo terminaba ahí. Hoy encontré uno de esos cuadernos y me sorprendí a mi misma leyendo las cosas que me pasaban un tiempo atrás. La verdad es que no tengo idea de como escribo. Se que me cuesta hilar palabras y conjugar verbos, así que es probable que este texto este completamente mal redactado pero eso no es lo importante. Mientras escribo siento que dentro de mi pasa algo. Es una especie de oportunidad para sacarme mi tristeza de encima, de una manera sana, excepto por las copas de vino que tomo mientras escribo y algún que otro cigarrillo, pero bueno. 

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