jueves, 1 de diciembre de 2011

Labio.


Me aproveché de que habíamos tomado tanto,
te fuiste dejando
y te agarré.




Me desperté casi sorprendida de lo que había pasado la noche anterior. Abrí los ojos, puse el pie derecho sobre el piso (hay costumbres que no se me van a borrar jamas), me lavé la cara, comí algo y fui corriendo a la computadora. Apenas me conecto, inicia sesión. 
Había ido de Sofía, como te dije, para terminar un trabajo práctico de Derecho, entonces lo  iba a ver.
Cuando llegué me di cuenta que no iba a saber como mirarlo, estaba avergonzada de mí y tenía terror de que no se acuerde, de que no haya sido significativo para él, no sé. Tampoco entiendo que es lo que me provocó (y sigue provocando) tal fascinación. 
Conté hasta diez, como me enseñaste, y entré, tenía que hacerme cargo de mis idioteces, aunque me cueste (siempre).  Por suerte llegué y no estaba, así que mi cabeza, mas lúcida cuando se me fue el sueño, comenzó a trasmitir en su programación los acontecimientos de la noche anterior: estaba en la cama, pegada a él, estaba siendo hechizada por un amigo al que siempre había aconsejado con sus historias y que me había retado con cuanta macana me había mandado ¿Quién me iba a retar ahora? ¿Quién me iba a dar el correctivo que necesitaba? No solo porque era mi amigo, sino por el profe, por Mauricio (que se había hecho un hueco en mi vida y no lo podía (ni quería) sacar) y Mauro, siempre Mauro, tan presente y primordial. Mi mundo en este momento es un desastre, pero no le hice caso al hombrecito que me hablaba a mi derecha... y lo besé.

Abrió la puerta y me liberó de mis pensamientos, sentí que mi cara se transformaba y que no iba a poder manejar nada, ni siquiera a mi misma. No se como ni porque terminamos sentados afuera, hablando, riéndonos de lo que habíamos hecho la noche anterior y repitiéndolo, por supuesto. Tuvimos una charla posterior por chat, pero sin embargo sentía que lo que hablábamos no tenía nada que ver con lo que sentíamos, no sé como explicarte. Yo puedo decirte que no quiero ir rápido, que tengo que acomodar mis cosas antes de siquiera pensar en proyectar algo o sentir algo... pero lo tengo en frente y me olvido de todo, me olvido que quiero calmarme. Y tengo la sensación de que le pasa lo mismo. Dijo que no tenía objetivos pero... 

La noche continuo así. Agustín y yo nos olvidamos de nuestras palabras y estuvimos pegados durante todas las horas que usamos para estudiar. Yo no entendía como nadie se sorprendía... o sea, hacía dos días atrás eramos amigos y nos veían como tal, y ahora estábamos uno encima del otro, jugando a estar enamorados. 
Cuando terminamos de hacer los trabajos y reunir toda la información le dimos la bienvenida al alcohol y las pizzas. Después salimos afuera, la noche estaba hermosa y yo estaba rodeada de amigos y de Agustin. Era todo risas hasta que miro para la calle y pasa el profe con el auto. Ahí fue cuando volví a la realidad. 

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