viernes, 15 de julio de 2011

-Entonces el León se enamoró de la oveja.
-Que oveja tan estúpida.
-Que león tan morboso y masoquista.

Me costó media tarde y un poco más para convencer a mi mamá de que me deje salir. Como te imaginarás rendí solo dos materias. Ciencias sociales, matemática y música (si, música!) quedaron para febrero. Sinceramente a mi no es algo que me afecte mucho, no creo en los castigos ilógicos que me va a exigir que cumpla, no creo en necesitar dejar de vivir para poder ponerme a estudiar. Pero bueno, supongo que si algún día soy madre voy a poder hacer lo que crea mejor y lógico para mis hijos, por supuesto. Hablando de ser madre, de futuros, de esposos… hubo un motivo para que yo insista con salir. Vos sabes mejor que nadie que no me voy a morir por no salir un viernes a la noche, pero aproximadamente a las cuatro de la tarde recibí un llamado que me cambio todo y le dio sentido a mi viernes y a mi vida. Era él, del otro lado del teléfono, preguntándome si iba a ir hoy, obviamente le respondí que no, porque hasta ese momento era negativa la respuesta.  De todas maneras el tampoco creía que iba a poder, tenía fiebre, estaba decaído, pero supongo que quería asegurarse de algo, ni idea. La cuestión es que termine convenciendo a mi Fabiana. Intuí la victoria cuando me dijo “¿Si llegas a ir qué te vas a poner?”. Esas son las preguntas que hace mi mamá cuando esta aflojando. Fuimos de mi hermana así estábamos más cerca y me puse mi levi’s preferido, una musculosa blanca con un corpiño negro haciendo contraste y unas adidas de mi hermana para hacer surf que me encantan. 
Llegamos y nos quedamos en el rincón de las burbujas, que esta apenas entras. De fondo sonaban todos esos hits en ingles que ponen al principio de cada fiesta, esos que te trasladan a una película yankee inmediatamente (me faltaba el vaso azul y/o rojo de plastico y ya estaba). Y cuando Bono cantaba “1, 2, 3… 14”  ahí estaba, esperando que yo reaccione para poder saludarlo. Con su gorrita verde y su boca perfecta, casi me derrito cuando lo veo. 
Nos separamos del grupo después de un rato y nos fuimos arriba a charlar y besarnos, obviamente. Como ya te dije no es muy charlatán, creo que prefiere el silencio y dejarme a mi hablar todo, como suelo hacerlo generalmente. Entonces hablé y hablé. Sentados ahí sentía como si nada pasaba alrededor. Quizás me salía algún tipo de comentario criticón de esos que hacemos cuando hay gente que odiamos cerca pero después era como si nada existiera, nada más que él y su boca perfecta. Cuando estoy en sus brazos puedo respirar con mucha más facilidad, es como si el vacío que tengo todavía adentro se llenara de a poco. Él me da y yo recibo, yo recibo porque siento que lo que él me da puede sacarme lentamente de esta fría y oscura cueva donde me dejó Mauricio, rota y vacía de felicidad y cualquier tipo de esperanza. Entonces cuando creo que nada tiene sentido, que estoy sola y que el amor y la ternura no van a volver a mí, levanto la mirada y ahí está él, sonriendo y tendiéndome su mano, esa mano que no quiero soltar jamás porque ahora me tiene prisionera y solo su amor va a salvarme. 
Mientras me pierdo en sus brazos, en su mirada, en su ternura, en su belleza escucho la frase que necesitaba escuchar hace años, esa frase que te levanta del suelo y te pega un dulce empujón para volver a vivir: “¿Querés ser mi novia?”. 
Y aunque sea demasiado pronto, aunque no nos conozcamos lo suficiente, es imposible negarle algo a semejante preciosidad. Le digo que si y es cierto. Lo único que necesito en este momento es tener al lado a un Príncipe como él. Lo beso, beso a la rana y por fin se convierte en príncipe. Y esta historia recién comienza, acaba de empezar. 

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