sábado, 9 de noviembre de 2013

La muerte


"Y todo necesitan entender, para encontrar algún sentido a lo que no lo tiene, 
para poder asimilarlo, dejarlo atrás y seguir con sus vidas. Pero la muerte tiene una forma de hacerse presente mucho después de que haya ocurrido. 
Y tiende a permanecer."
Sasha Grey. 


¿Alguna vez te preguntaste cómo sería todo si no estuvieras acá? Si te hubieras ido ¿cómo reaccionaría tu mundo? Cualquier cosa que te hayas imaginado no es cierta. No hay nada romántico ni hermoso sobre la muerte. Todo lo contrario. La tristeza es inmensa, como el océano y la cantidad de preguntas que dejas en la cabeza de otras personas son muchas y muy difíciles de responder. Y el dolor, el dolor es lo peor, porque no avisa, sino que actúa como un ladrón en la noche, silencioso, viene sin pedir permiso y te arrebata lo único que te queda: la fuerza. La misma que usas para levantarte todos los días y salir a la vida. Cuando alguien se va, esa fuerza disminuye y empezas a preguntarte por qué deberías levantarte todos los días a vivir. ¿Qué sentido tiene? Si de todas formas, algún día, vas a dejar todo eso que construiste y alguien lo va a embolsar para tirar o donar. Hay más razones para resignarse que para salir adelante, lo sé. Creeme que lo sé. Tu muerte me enseñó eso. 

Cuando pienso en tu muerte, pienso inmediatamente en suicidio. Porque es lo que fue: un suicidio. Y cuando pienso, y digo, suicidio, en realidad no me refiero al cliché cotidiano. No hay cortes, no hay tiros, no hay saltos al vacío... no hay nada de eso. Todo lo contrario. Tu suicidio, tu muerte, fue lenta. Fue larga. Fue sádica. Desde que supe que te ibas a morir, hasta el momento de tu muerte, pasaron un año y diez meses. Veintidós meses pensando en tu muerte. Veintidós meses acostándome sin saber si al otro día te iba a volver a ver. No es fácil reponerse de un dolor así. Porque aunque no estabas del todo muerto, antes de morir, de todas formas era como si lo estuvieras. No vivías, no disfrutabas y coqueteabas con la muerte constantemente. Me asustabas tanto, que un poco me alivié el día que moriste. Y eso me dio culpa, mucha. Pero ver tanto sufrimiento viviendo en una persona, te hace que desees de cualquier forma que termine. No importa cómo. Con el tiempo fui entendiendo que ese era tu deseo y que no importa cuánto me cueste dejarte ir... voy a tener que hacerlo algún día. 

El problema con tu muerte, no sólo es tu muerte en sí, sino el hecho de que con ella, se fue una parte de mí inmensa. Una parte que no me permite avanzar ni dar un paso adelante. Ya pasaron varios años de ese día, pero sin embargo yo sigo estando ahí. Sigo sosteniéndote la mano helada sin que entre en mi cabeza el hecho de que no estés más. De que ya no vayas a estar. Sigo pensando en la cosas que no te dije, en las preguntas que no te hice, en los abrazo que no te dí... me puse a pensar tanto en el día que ya no estés  que yo tampoco estaba del todo. Y tengo la sensación de que quizás hubiese sido útil tenerme ahí, que quizás podía hacer algo. Sigo con la sensación de que yo tenía todas las armas para salvarte y no hice nada. Porque el suicidio, muchas veces, también te deja eso. La certeza de que no hiciste nada. De que tuviste todo para hacerlo, pero no lo viste, se te escapo de las manos. 

A veces venís mientras duermo y a mi me gusta mentirme y creer que es así. Se que no lo es. Se que eso es prácticamente imposible. Pero lo creo y me aferro a eso. Me aferro a lo poco que me queda de vos para volver a encontrar mi fuerza. Esa fuerza que se murió junto con vos y que no puedo revivir. Así como no puedo revivirte a vos. Entonces vengo acá y te escribo. Te digo todo lo que no pude decirte y después lo elevo al cielo con la esperanza de que llegue, con la esperanza de que, un poco, seas vos el que escribe estas palabras. Solo palabras. Ni odio, ni bronca, ni furia. Mucho menos con amor. Son mis palabras las que te mantienen vivo, en el único lugar donde te encuentro. 







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