lunes, 8 de diciembre de 2014

La estrella

"Cuando mires al cielo, por la noche, 
como yo habitaré en una de ellas, como yo reiré en una de ellas, 
será para ti como si rieran todas las estrellas. 
Tú tendrás estrellas que saben reír."
El principito. 




"La vida sigue. La vida sigue. Sigue. Y el dolor desaparece." 
Esa fue siempre una de tus frases preferidas. Me lo habías dicho tantas veces y con tanta certeza que yo quería transformarla en mi mantra, pero no podía. No transformarla, sino creerte. Después de años de no tenerte y sentir el mismo dolor, sentía que tus palabras eran una estafa. Que la vida seguía, pero que el dolor se estancaba y no se iba nunca más. Me habías dado una certeza falsa. En pocas y vulgares palabras: me habías mentido con lo único que no podías hacer, el dolor

Una noche volviste a aparecer en mis sueños. Había humo por todos lados y estábamos en un espacio blanco. Al principio no podía verte, seguramente por el humo, pero después de unos minutos ahí estabas, totalmente nítido, tendiéndome tu mano. Habías venido, por fin, a buscarme. 
No puedo contar la cantidad de veces que me acosté deseando no volver a despertarme, para irme con vos. No podía pensar en estar despierta otro día más, sonriendo sin sentido, deseando constantemente tenerte conmigo. ¿A quién le contaba ahora las cosas divertidas? Así que te esperaba, todas las noches. 

Otra de tus frases usuales era una especie de amenaza... una demasiado extraña. Siempre me decías que tenga cuidado con la cantidad de deseos que enviaba constantemente al universo. Eran muchos y a veces no tenía consciencia de lo que estaba pidiendo o buscando. Me explicabas siempre que el universo te daba lo que necesitabas, pero muchas veces también lo que pedías, así que tenia que ser muy responsable con ese don.  
Entonces ese día, cuando viniste a buscarme, como tantas veces había deseado, no pude irme con vos. No quería. Habías tenido razón todo el tiempo. 

Viniste a buscarme y yo no podía moverme. Cuando me preguntaste qué me pasaba empece a darte una lista de nombres. Eran mis razones para quedarme. Mis motores para vivir. Vos eras (y vas a ser eternamente) el universo donde yo deposito toda mi fe y mi energía. El que me guía. Mi religión personal. Pero todo ese dolor tenía que desaparecer. 
Cuando me quede callada vos no hablabas. Ya no me tendías la mano. Ahora sonreías. Unos minutos después tomaste la palabra.

-Conozco a la mayoría de las personas que nombraste, no solo eso, también las esperaba. Ambos sabemos lo que amas a tu familia de sangre y lo importantes e influyentes que son en tu crecimiento personal. También me esperaba a tu otra familia, la que lograste de a poco, con esos amigos tan particulares que tenes (aunque ninguno como yo) pero a la vez tan buenas personas. Me gusta que hayas cambiado, que hayas crecido. Me gusta que tengas tantos amigos. Alguien tenía que obligarte a levantarte de la cama cuando te pones en modo depresiva, déjame decirte que elegiste bien. Resumiendo, me esperaba a todos ellos (y algunas que otras personas más) pero me agregaste a uno nuevo, que no se bien donde encajaría...- Sonreíste con esa risa maliciosa tuya, de costado, absolutamente provocadora. Y me miraste fijo. 
-¿Gonzalo?
-Creo que es momento de que te dejes de joder y lo dejes entrar. También es momento de que le digas que estas enamorada de él. Ese "te odio" patético que le lanzas cuando te dice que te ama no te lo cree nadie. 
-Sabía que en cualquier momento se venían las críticas. No pueden no estar presentes con vos. Por eso no me quiero ir, porque sos un pesado.
-No te queres ir porque tenes una vida hermosa, tenes que entenderlo y necesitas disfrutarla mucho más. 

Por supuesto que me había enamorado. Desde que Gonzalo apareció de nuevo en mi cumpleaños número 20, desde que lo había vuelto a ver, desde que lo había besado otra vez, no me había vuelto a separar de él. Hacía ya un año que estábamos juntos. Juntos, con todo lo que implicaba, pero sin ninguna presión. La vida con él se había transformado, y todo fluía con toda naturalidad. No forzamos nada, nunca. Y aunque muchas veces tuvimos nuestros deslices personales, jamás los utilizamos para lastimarnos y esa es una de las cosas más hermosas que aprendí. Que al amor hay que alimentarlo de confianza, paciencia y respeto. Sobre todo respeto. Pero todavía me costaba entregarme totalmente. Había sufrido tanto tiempo por amor que no quería seguir siendo lastimada, aunque también era cierto que no permitirme sentir nada también dolía. Dolía mucho más que cualquier otra cosa. Y por supuesto que él se había convertido en mi motor. Ahora tenía a quién contarle las cosas divertidas, y las tristes, y las que no tienen tanta importancia... Ahora tenía a quien contarle todo. Con quien contar, además. 

-Por eso mi estrella va a ser mi legado. Cada vez que tengas miedo, cada vez que estés triste o necesites un empujoncito mira a las estrellas, a esa estrella que vos elijas, e imaginame retándote o criticándote como vos decís...
-Y haces siempre.
-Callate. No te voy a decir dónde se encuentra, vas a tener que hacerlo sola eso. Pero te tengo fe. No la pierdas nunca y no le discutas tampoco. Te prometo que te va a dar la respuesta correcta. 

Cuando me desperté me sentí liviana de nuevo. Me sentí repleta. Sentí un golpe en la puerta, era mi abuela que venía a ver si me había despertado. Había encontrado un collar en su cajita de alhajas y quería saber si era mío. Ahí estaba mi estrella, la que me habías regalado para mis quince. Le dije que sí y le di un beso en la mejilla, sonriendo. Seguramente se asustó con mi reacción tan positiva, pero no pude evitarlo. Mi estrella estaba conmigo. Vos estabas conmigo. Eras mi guía. Y el amor que sentía el motor de mi vida. 

La vida sigue, de verdad. Y el dolor, un día, se vuelve más soportable. Otro día te sentís mas liviano y volves a reír con intensidad. Te levantas con energía, con ganas de moverte. Con ganas de vivir, de nuevo. Entonces, es cierto, miras las estrellas y todas tienen respuestas. Todas tienen tus consejos y tus palabras. Todas las estrellas tienen tu voz. Te tienen a vos. Yo, por mi parte, tenía mi fuerza, mi motor personal, mi historia de amor. La que más deseaba. La real. 
















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