Mi reloj decía que eran las cinco de la mañana, afuera la luz me lo afirmaba. Una pesadilla, ya que la almohada estaba empapada al igual que mi cara. Quería levantarme e ir a lavarme la cara, no sé, mirarme al espejo y quizás comprender que me había pasado, pero el dolor del pecho me ataco y me dejo inmóvil en mi propia cama.
No había tenido una pesadilla, había tenido una especie de revelación. Fue entonces cuando rompí a llorar desesperadamente.
Ese verano me ayudó a comprender lo que había detrás del dolor punzante e insoportable de mi pecho: puro desamor. Me faltaba tanto su amor que su ausencia había construido una fachada de angustia y dolor, como una almendra personal en mi propio cuerpo. Para llenar ese vacío tuve que entender que ese desamor que durante tanto tiempo había sentido era en realidad una manera de querer malentendida. Una manera de querer que no era la mía, pero que no por ello era menos válida. Tuve que descubrir que Mauricio -a su manera- me había querido. Y esa era la respuesta a todo. Me quería. Por eso me dolía tanto, porque sabia que me quería, que yo lo quería, pero no podíamos, no... eramos mundos aparte.
A partir de esa noche el dolor del pecho no volvió.